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Mañana celebramos Lammas, una de las ocho celebraciones solares (Sabba) que representan la energía cambiante de la naturaleza, cuya vibración nos acompañará hasta el próximo equinoccio de otoño.
Es la fiesta de la Gran Madre, la que da la vida, alimenta y sostiene, la que nos da todo lo que tenemos, la que ve y conoce todo lo que somos y hacemos, la que no juzga y perdona. Es la época del año en que se celebra la abundancia: la Madre Tierra aparece en su plenitud, dando a luz sus frutos maduros y nosotros podemos beneficiarnos de toda su abundancia disfrutando de la cosecha.

En cada cultura, el primero de agosto se celebra la Madre Tierra, agradeciéndole todos los regalos que nos ha dado y nos da: por ejemplo, en América Latina celebramos la Pachamama, para los celtas era Lughnasadh, en la Rueda del Año es Lammas. Básicamente celebramos la entrada en la estación de la cosecha, que por un lado nos habla de abundancia y por otro de recogimiento interior para prepararnos para el otoño y la oscuridad.
El nombre de Lammas procede del sajón «hlaf-mass», la fiesta del pan, y es la celebración de los productos del grano; para los celtas es Lughnasadh, la fiesta de la fertilidad que celebra el corte del grano y la muerte y resurrección del dios Lugh, el rey del grano. Por eso celebramos a la Diosa de la Naturaleza, la Madre Tierra, dadora de vida: es el momento de honrarla y agradecerle todo lo que nos da. Y son numerosas las Diosas del Grano, que distribuyen el alimento a sus hijos directamente desde su cuerpo: la romana Ceres, la griega Deméter, la frigia Cibeles, la mexicana Coatlicue, la egipcia Isis…

El mito del grano y la espiga de trigo se celebra desde la antigüedad con una especie de ritual de la última gavilla de la cosecha, de la que se tomaban granos para futuras siembras o se utilizaban las cenizas para regenerar la tierra, recordando el ciclo vida-muerte-renacimiento.
Y en efecto, esta fiesta cae en el ciclo lunar, que para los indios americanos corresponde al clan madre La que Sana, que nos enseña a comprender y honrar los ciclos de nacimiento, muerte y renacimiento, dándonos la capacidad de dejar de lado el miedo a la muerte y aceptar el cambio como una nueva aventura. Tanto si la muerte es el final de una relación, el final de un trabajo o el final de la vida física, La que Sana nos muestra cómo ver más allá de la ilusión de la limitación y celebrar cada giro en el camino como un paso más que nos lleva a la plenitud.

Con Lammas entramos en el mes de agosto, que representa el número ocho, no por casualidad simbolizado por el infinito y vinculado precisamente a la fertilidad y la prosperidad.
Pero el número ocho también simboliza la muerte en términos de transición y de paso, por lo que de nuevo volvemos al hecho de que Lammas también nos recuerda el ciclo vida-muerte-renacimiento, enseñándonos que todo se transforma, que no debemos temer perder algo, dejarlo ir, porque en realidad sólo es una evolución de nuestro ciclo vital.

Feliz Lammas, y que lo que se transforme se transmute, para que la espiral de la vida pueda continuar infinitamente su danza.
Francesca Zangrandi

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